lunes, 4 de mayo de 2009

Alumnos de la Facultad de BBAA de Valencia #2

Turistas robando azulejos en la Alhambra




LA MARCA DEL TIEMPO


Al igual que la huella del tiempo queda irremediablemente reflejada en el hombre con el paso de los años, el Arte, en todas sus manifestaciones, también acusa éste devenir que inexorablemente afecta a toda la Creación. En éste artículo, el restaurador Sánchez-Barriga nos hace un breve repaso por las diferentes definiciones de pátina y los diversos modos de aplicación de la misma, atendiendo a varios tratadistas y pintores y finalizando con una reflexión personal sobre la controversia suscitada a raíz de su posible eliminación.

Desde mi posición de restauradora en potencia y bajo mi humilde opinión, no podría estar más de acuerdo con la afirmación que Antonio Sánchez- Barriga hace sobre éste delicado tema. A la hora de intervenir una obra siempre surge la polémica de hasta dónde se puede llegar en la limpieza de la misma, para lo cual existen infinidad de opiniones, gustos y directrices. Sin embargo, como ya hemos citado en otras ocasiones, la obra será la que dicte y decida en última instancia dónde están esos límites que hay que respetar. En éste sentido, la pátina, como parte del envejecimiento natural de la obra, y en muchas ocasiones, como parte del original, debe respetarse en tanto es miembro integrante del conjunto y como tal, el deseo del artista fue que permaneciera en su lugar. Si se elimina esa capa, probablemente se estará eliminando el mensaje que el autor quiso transmitir en su momento, y por tanto, veremos la obra desvirtuada.

Una restauración no es sólo una intervención, sino que hay un contenido que va más allá, un legado histórico que se manifiesta a través del envejecimiento, por lo que es parte de la propia obra. Eliminar la pátina significaría eliminar el pasado inherente a la obra de arte. Sin embargo, ¿qué ocurriría si esa pátina estuviera tan sucia que impidiera apreciar la pieza lo más mínimo? En ese caso habría que actuar sobre ella, pero siempre ciñéndonos a los criterios de mínima intervención. Mas, si el envejecimiento de la pátina sólo afecta a los colores y no altera su apreciación, se debe dejar como tal, ya que como bien dice el historiador Philippot (y cito textualmente) “ninguna restauración podrá jamás pretender establecer el estado original de una pintura, sino únicamente revelar el estado actual de las materias originales”.

Esta controversia también se extiende a otros campos del Arte, como puede ser la Música. Porque, ¿hasta qué punto es posible interpretar una pieza barroca con instrumentos modernos que no existían con las mismas características en esa época? ¿Es lícito interpretar con cuerdas de metal estas piezas, cuando entonces se hacía con cuerdas de tripa? También en el mundo del Teatro ocurre lo mismo. ¿Acaso Calderón de la Barca concibió sus obras para ser puestas en escena con focos y micrófonos? Como vemos, la polémica está servida.

Para concluir, cabe mencionar que cualquier intervención sobre una pieza debe estar claramente fundada sobre unos criterios científicos y objetivos, la labor del restaurador sería conseguir que las obras del pasado llegaran al público moderno y que éste pudiera apreciar en ellas los restos de su devenir histórico.

ANA Oyonarte

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