domingo, 17 de mayo de 2009

Alumnos de la Facultad de BBAA de Valencia # 4


Una cosa queda clara desde la primera reflexión sobre este texto: Todo envejece. Forma parte del ciclo vital de la materia pasar de un estado a otro, transformarse, reciclarse de un modo natural. Ocurre en la naturaleza circundante, nos ocurre a nosotros, y por su puesto también afecta a las obras de arte.
Evidentemente, y por todos nosotros es sabido, además de que ya se encargan los profesores en remarcárnoslo; por un lado es fundamental un conocimiento material y estructural de la obra de arte: los materiales que la componen, como están distribuidos o utilizados, su técnica y qué función desempeñan dentro de la obra global. Por otro como afecta el tiempo a esos materiales y que cambios estéticos provoca en la obra. Un restaurador que maneje todos estos conocimientos estará cualificado para enfrentarse a una intervención, pues damos por hecho que en todo comenzó es capaz de saber cómo actual ante cualquier eventualidad. Pero hay otros factores que a veces, y por desgracia, se pasan por alto como la pátina del tiempo o la intencionalidad del artista y la relación con su producción artística.
Una de las cualidades que nos hace comportarnos, instintivamente, de una manera tan respetuosa ante una obra del pasado es “la antigüedad”, y esta es proporcionada por un sutil velo, que nosotros llamamos pátina, la cual convierte a las obras en verdaderos tesoros que hay que guardar y proteger.
También hay que tener en cuenta además de los análisis físico-químicos que hay que realizar, ¿Qué se conoce del artista que hizo la obra?, en casi de conocerse. De manera que se pueda comprender mejor su técnica empleada, la intencionalidad de la obra y qué mensaje quiso transmitir y cuáles de esas características, están presentes en la obra a la que nos enfrentamos.
A partir de aquí es donde encontramos un cruce de caminos, me explico: Por un lado hay que conocer la técnica empleada por artista para comprender mejor la obra de arte, pero por otro la pátina de antigüedad muchas veces enmascara esa intención original, llevando a crear falsas imágines sobre la verdadera génesis de la obra y el pensamiento del autor.
Es aquí donde el restaurador tiene que echar mano de una herramienta indispensable para una buena intervención en una obra: la prudencia, y ¿por qué?... porqué una invención sobre una obra va a influir de manera determinante no solo en su contemplación de sus cualidades estética sino que también en la concepción de la imagen de artista, pues puede verse corroborada o desvirtuada dependiendo de si la restauración es o no acertada. Pongamos algunos ejemplos:
Trasladémonos a la Capilla Sixtina del Vaticano, a las bóvedas de Miguel Ángel. Antes de su restauración, las pinturas se encontraban muy ennegrecidas por tantos años de uso de velas y candiles, por lo tanto estaban ofreciendo una imagen que sugería que Miguel Ángel era un artista oscuro, sobrio falto de vitalidad, incluso catalogado por algunas voces como “prototenebrista”. Pues bien, tas la limpieza de los frescos, se ha comprobado que en realidad era todo lo contrario, que la intensidad y brillo de los colores dejaban entrever un artista apasionado y lleno de vida; y la acidez de su paleta cromática lo colocaban como el gran genio del periodo manierista, periodo que a la vez estaba mal comprendido por la mala apreciación de las pinturas antes de su limpieza.
Pero en otro caso, más cercano, comprobé personalmente como en la restauración de una imagen escultórica mariana, el restaurador había sido tan agresivo en la limpieza que las policromías de las carnaciones que había eliminado todas las veladuras, ofreciendo una superficie con falta de volumen y naturalidad. Al eliminar tanto esa “pátina de antigüedad”, como parte de la policromía original, las generaciones futuras se harán una idea falsa sobre la imagen del artista de realizo aquella obra, ya que sus cualidades estéticas originales se han perdido para siempre.
Por lo tanto, y es mi opinión personal, sólo un buen estudio previo de una obra (físico-químico, técnico e historio-artístico) es capaz de justificar la conservación o eliminación de alguna de las capas de componen, aunque esa se hayan ido sumando a la obra con el paso del tiempo. Y como ya estamos bastante encauzados dentro de la corriente de la “mínima intervención”, en caso de no estar seguro de lo que se va a realizar, lo mejor es dejar las cosas como están.




Cristóbal Abellán



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El texto escrito por Antonio Sanchez-Barriga, en mi opinión, trata uno de los temas más polémicos que se han podido encontrar desde la segunda mitad del siglo XX en el mundo de la restauración: la limpieza en las obras de arte. Es un tema, como bien indica el titulo del artículo, que ha generado gran controversia y críticas de todo tipo.
El texto comienza con una serie de definiciones aludiendo a veladuras, barnices y pátinas, para terminar plasmando lo que seria el gran problema de su limpieza. Esta complicación ha acompañado a los restauradores sobretodo desde mediados del siglo XX y dio como resultado la aparición de dos posturas diferenciadas: por un lado nos encontramos con el modelo de limpieza anglosajón liderado por la Nathional Gallery de Londres y por el otro con el latino, abanderado por el instituto de restauración de Roma. Afortunadamente, en la actualidad las posturas no son tan extremadas como en el siglo pasado, existiendo corrientes interpretativas intermedias.
La limpieza de las obras de arte es una de las fases más importantes de la restauración, es irreversible y los criterios que debe tener el restaurador a la hora de afrontarla deben ser férreos y justificados. En general, la limpieza, implica una retirada de la suciedad superficial, del barniz envejecido y, si procede, una retirada de los repintes y veladuras no originales. Ante ello, en mi opinión, la gran pregunta que un profesional debe hacerse es ¿En qué momento se debe parar? o ¿Cuándo es conveniente realizar una limpieza y cuándo es un mero capricho?. Estas preguntas deben ser contestadas por la obra, la cual a su vez creo debe ser observada a través de dos filtros, el de la historia y el de la estética.

Si observamos por el primero de los filtros, el de la historia, nos encontramos con que la obra, llega a nuestros días con un color especial; ha crecido y se ha hecho mayor, los barnices se han amarilleado, los colores se han transformado, las arrugas se han pronunciado… ¿Es legítimo, en cualquier caso, privarle de esa vida que nos muestra que ha tenido? Yo creo que no, que la patina que el tiempo imprime sobre la obra debe ser aceptada siempre que ésta, la obra, no se vea en peligro.
En la mayoría de los casos, la limpieza se hace necesaria, ya que examinándola por el segundo de los filtros, el de la estética, nos encontramos que lo que había sido un precioso cielo azul, ahora es una masa de color verdoso o que el corderito que lleva el niño en la mano es apenas perceptible.
Ahora bien, siguiendo con las ideas de Antonio Sánchez Barriga, opino que realizar una limpieza por sistema, es algo que atenta contra la vida de la obra. Aun así, el gran problema que creo se esta viendo en el mundo de la restauración, es el hecho de que por parte de la sociedad hay una obsesión por dejar las obras limpias y relucientes. Creo que no debemos olvidar que, por encima de nuestras opiniones, se encuentra la necesidad de la propia obra de arte. Así, las decisiones sobre la limpieza de barnices o de elementos de la materia deben realizarse con un conocimiento exhaustivo de la misma. Tenemos que tener en cuenta que la limpieza es una fase traumática para la obra y no merece la pena hacerla si no se esta seguro. A su vez, creo que el mal uso de muchos de los materiales y productos nuevos que se emplean hoy en día para las limpiezas puede ser una catástrofe, ya que no se trata de dejar de probar e innovar con nuevos materiales, sino de hacerlo con seguridad.
Otro gran problema al cual nos enfrentamos, es el hecho de que muchas de las restauraciones se hacen con demasiada rapidez y las limpiezas resultantes son demasiado agresivas. Esta situación está propiciada por la ambición de empresas o instituciones, que ansían un mayor reconocimiento e impulsan campañas de restauración sin tener en cuenta las necesidades de la obra.
Así pues, para finalizar, como menciona este restaurador, las limpiezas agresivas y en general las restauraciones excesivas, es algo a lo que debemos enfrentarnos apoyados por el conocimiento previo de la obra. Para ello, la unión entre profesionales y la conservación preventiva parece mas que necesaria, sobre todo teniendo en cuenta la rapidez con la que las colecciones se deterioran.


Elena Iso

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