sábado, 23 de mayo de 2009

Alumnos de la Facultad de BBAA de Valencia # 5




La Limpieza: Una antigua controversia

La limpieza, como cualquiera otra operación de la restauración, puede ser atada a muchos criterios estéticos y queda por lo tanto, como justamente el Philippot ha subrayado, una "hipótesis crítica". Eso es particularmente evidente si consideramos el problema de la remoción o la conservación de la pátina que fue al centro de una famosa controversia, nota con el nombre de cleaning controversy que, surgida poco antes del 1950, por algunos aspectos, continua todavía.
La polémica nació en consecuencia de la elección de los restauradores ingleses de la "limpieza integral" que removió también la pátina y las veladuras originales en la tentativa de reponer a la obra el aspecto que habría tenido que apenas haber salido del taller del artista y sustentaron que sus limpiezas fueron "objetivas", mientras las "limpiezas parciales" actuadas cerca del I.C.R., según ellos, fueron "subjetivas", y por lo tanto arbitrarias ya que fueron confiadas al gusto del restaurador al que correspondió distinguir la suciedad y los barnices siguientes de la pátina y de las veladuras originales. En realidad la “objetividad" de las limpiezas inglesas consistió en "reducir al hueso” los colores creyendo así de reconducirlos al brillo originario y de recobrar cada mínima variación gráfica y cromática de lo original.
Es evidente pero que también el “aspecto primigenio" tan conseguido fue una hipótesis crítica del restaurador y además estas intervenciones fueron más destructivas en cuanto generalmente fueron completados por un reentelado que aplastó completamente los cuadros haciéndolos parecidos a reproducciones fotográficas.
Brandi, criticando este tipo de limpieza, nota que es errado e ilusorio, querer reconducir una obra al aspecto "originario" ya que, así haciendo, se borra el paso del tiempo mediado entre su realización y hoy; y además con esta operación también se extirpan las veladurasy la pátina original.
Según Brandi la pátina es aquella particular ofuscación que el tiempo sobrepone a la materia de la obra y debe ser conservada y por la instancia histórica, y por la instancia estética, en cuánto constituye una "sordina" programa a la materia para impedirle prevalecer sobre la imagen.
Recientemente el problema de la pátina ha sido retomado por Conti el que, incluso compartiendo la posición de Brandi, critica de ello las argumentaciones creyendo que la defensa de la pátina de un punto de vista puramente teórico, devuelva la posición del Brandi igualmente arbitraria de aquel de los restauradores ingleses. Según Conti es justo partiendo de la materia de la obra de arte que se puede llegar a una objetiva definición de la pátina y encontrar por lo tanto los argumentos que justifican su conservación. Para Conti la pátina es en efecto una alteración del colante original que, secándose, cortinas a subir hacia la superficie dando a los colores, especialmente a aquellos a aceite, una mayor profundidad y brillo.
Las limpiezas inglesas empobrecen entonces el aspecto materico y la calidad pictórica de los cuadros, además el brillante aspecto cromático y la superficie absolutamente meseta que, según los ingleses, deberían facilitar la lectura de la obra de arte de parte del gran público falsean en realidad de ello la naturaleza: se trata pues de intervenciones intensamente antidemocráticas.
No hace falta pero confundir la susodicha noción de pátina con la en vigor en el siglo pasado cuando la difusa predilección por los cuadros de tonalidad moreno-dorada hizo sí que a menudo fueran conservadas como también "glasea" los barnices siguientes oscurecidos.
El problema de la eliminación o la conservación de la pátina se puede solucionar en mi opinión sólo con un atento y responsable estudio de la obra. Hoy más que nunca tenemos a nuestra disposición potentes medios científicos que pueden ayudarnos en el análisis y en el estudio de las obras. Ciertamente, no se tienen siempre a disposición fondos económicos que nos permiten estos tipos de análisis, y es aquel punto que la responsabilidad del restaurador toma un papel de primer plano. En la incertidumbre de nuestros conocimientos, en mi opinión sería mejor no intervenir. En el caso que se halla que la pátina es un producto de alteración el discurso se hace más complejo porque I'asportazione de una parte del material original implica.
En este caso se debería proceder con base en la peligrosidad y al daño que podría derivar a la manufactura, seguros de no poder intervenir si no con su eliminación. Cada manufactura solicita pues que el trato de limpieza sea estudiado de modo adecuado: eso sólo es posible gracias a un atento examen visual, eventualmente recurriendo también a las investigaciones diagnóstico-científicas, cuando sea posible, además de a las búsquedas históricas artísticas.


Valentina Galgano

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¿La Pátina?


La limpieza es el único proceso de restauración que es totalmente irreversible. Todo lo que eliminemos con el hisopo ha sido definitivamente arrancado de la obra y nunca volverá a formar parte de ella. El problema reside en que a veces no estamos eliminando la suciedad o los añadidos, a veces estamos quitando obra a la obra.

La patina es un concepto que se ha discutido mucho, y trás todo lo que he podido leer hasta el momento, me queda claro que pátina tiene un concepto doble, por un lado hablamos de pátina cuando la pintura con el paso de los tiempos ha cambiado su aspecto a raíz de una combinación de suciedad y del envejecimiento de sus materiales. Con esta pátina, a veces llamada pátina de envejecimiento, no hay problema, pues en un principio al limpiar, retiraríamos la suciedad y un barniz oxidado que sería sustituido por uno nuevo. La elección en este caso es nuestra, pues tendremos que decidir hasta que punto este envejecimiento es dañino para la obra y para su lectura, pues por muy vistoso que sea dejar la obra como nueva, no es ni mucho menos lo que le conviene a ella, pues la obra tiene una edad, y no por ello la evidencia de esa edad resta valor a la obra.

El otro concepto que tengo de paátina es el que lo complica todo, el que nos frena a la hora de limpiar la pintura, el que nos obliga a intentar pensar como el pintor de la obra, esa pátina que es una parte integrante de la obra, con la que el autor dio por acabada su obra, una pátina, una veladura, una frescura, una tinta o como queramos llamarla, que es lo que, en muchas ocasiones, hace que la obra sea mas que unos cuantos trazos y pinceladas.

Esta pátina no ese barniz que con tanta ligereza eliminamos para luego sustituirlo con otro nuevo y “mejor”, esta pátina es tan importante como cada estrato de pintura que conforma la obra, así que debemos tomarla en serio y preocuparnos de sus existencia a la hora de la restauración, porque aun no se ha inventado la reintegración respetuosa que la simule tras su desaparición.

Creo que esto nos lleva al problema de la formación de los restauradores, pues en el proceso de limpieza un restaurador no solo puede echar mano de sus conocimientos de química por ejemplo, pues el restaurador, en momentos tan delicados como en estos en los que su acción puede cambiar para siempre la apariencia de la obra, debe pensar y sentir como el pintor, saber ponerse el su lugar, comprender su trabajo no desde su biografía sino desde su estilo, su técnica, conocer que recursos utilizaba , con que fin y poder ver el resultado de este trabajo en su obra, diferenciando lo intencionado de la accidental, es decir, diferenciando la pátina de la suciedad y siendo conscientes de que eliminando parte de esta pátina eliminamos parte de la obra, y que una pintura más limpia, más reluciente y más nueva es una pintura inacaba si su aspecto ha supuesto sacrificar esa película casi imperceptible que hacia que la obra fuese especial y única.


Marta Zuriaga Barrera


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Eliminar o no eliminar, ese es el dilema...


En los procesos de restauración de pintura de caballete, es bastante común la eliminación de la capa de barniz; el objetivo de esta intervención es recuperar el color y la luminosidad de la pintura que se encuentra debajo de esta capa protectora, la cual, bien por el tiempo o por defecto de técnica, presenta una serie de alteraciones que distorsionan su aspecto, impidiendo una buena percepción de la obra.

La eliminación de barnices es una de las intervenciones más arriesgadas y controvertidas, pues como ya sabemos es una intervención irreversible cuyas consecuencias no tienen vuelta atrás, por lo que si no se realiza de manera correcta puede derivar en una pérdida de material original, no solo del barniz sino también de la pintura. En este proceso, el criterio y la habilidad del restaurador son esenciales y serán las que determinen una intervención más o menos comprometida y mejor o peor
ejecutada. Es precisamente la falta de un criterio unificado lo que provoca que en esta profesión existan defensores de la eliminación total del barniz y otros de una limpieza únicamente de la suciedad superficial, respetando el envejecimiento propio de la materia, es lo que conocemos como “cleaning controversy”.

Al reflexionar sobre el tema de la pátina tras leer el artículo de Sánchez-Barriga, una pregunta me vino a la cabeza: ¿por qué la pátina de envejecimiento natural de ciertos pigmentos que provocan cambios de coloración o tonalidad en la pintura se respetan, y la capa de barniz no, siendo igualmente materia original? Estoy de acuerdo en que pintura y barniz no son comparables por la disposición y la función de cada uno dentro de la estructura de la obra, pero sí es comparable el tipo de deterioro, pues ambos causan una distorsión estética sobre la obra original. Por supuesto no digo que se elimine esta pátina ni tampoco que se deje la capa de barniz totalmente oxidado en la superficie, más bien opino que se debería llegar a un termino medio.

A la hora de intervenir, las características de la pintura como la técnica pictórica, el uso de veladuras, la gama de colores utilizados o el envejecimiento de los propios pigmentos, juegan un papel importante en todo esto. Además de estos factores, debemos sumar, como se ha citado antes, la sensibilidad y la experiencia del restaurador, que debe controlar el grado y la profundidad de la limpieza para no confundirse al llegar a la zona en la que limitan la pintura y el barniz y eliminar pintura original.
En el caso de las veladuras, que se definen como una capa de barniz transparente y coloreado, es realmente difícil saber hasta qué punto llegar, cuándo se está eliminando barniz y cuándo pintura. Si además se trata de una zona donde la gama de colores es similar a los que caracterizan la oxidación del barniz, este proceso se hace prácticamente imposible.

Teniendo en cuenta como siempre, los criterios básicos de respeto y mínima intervención, suele recomendarse que la eliminación del barniz no sea total, respetando una fina capa sobre la superficie, con el fin de evitar que se produzcan abrasiones o pérdidas en la película pictórica. Aunque suena bien, es bastante complicado llevarla a cabo, ya que la capa que se deja debe ser uniforme y fina, por lo que se requiere mucha experiencia y destreza por parte del restaurador, por no hablar de una dificultad
añadida, el hecho de que las obras no son objetos bidimensionales, sino que tienen texturas, empastes,
etc. que dificultan aún más esta labor.

Otra forma de intervenir es eliminando primero la capa de suciedad superficial que tiene la obra, pues normalmente llegan al taller en muy malas condiciones ya que los propietarios suelen esperar hasta el último momento para restaurarlas. Muchas veces se elimina el barniz y la suciedad a la vez utilizando algún disolvente orgánico. Pero en ocasiones, esta capa de polvo y grasa no nos permite ver el barniz y pensamos, por la apariencia de la superficie, que el grado de degradación del mismo es mayor que el que en realidad tiene, por lo que es conveniente separar los dos tipos de limpieza. Una vez terminada la primera y con ayuda de la luz ultravioleta y nuestro propio criterio como restauradores, valorando el estado de la capa de protección y la presencia o no de repintes, decidiremos si eliminar o no el barniz y hasta qué punto.

Por último, insistir en que cada obra es única y requiere una intervención específica para tratar sus alteraciones, y es la habilidad y los conocimientos del restaurador los que determinarán la calidad del resultado. En cuanto al grado de limpieza, pienso que es inevitable que hayan diferentes criterios y que es el propio restaurador, desde su propia experiencia, el respeto y la sensibilidad, y tras un exhaustivo examen previo de la obra, el que debe decidir el tipo de intervención adecuado para cada obra, asumiendo las responsabilidades que tiene, para bien y para mal, esta profesión.

Lara Navarro Martínez Curso 2008/2009

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