lunes, 11 de mayo de 2009

Alumnos de la Facultad de BBAA de Valencia # 3





EL FINO VELO DEL TIEMPO


La arruga que marca hasta el más bello rostro, testigo fiel del paso del tiempo, que tristemente recuerda al que la posee su finitud frente a la inmensidad de la historia y el destino del ser humano, encuentra su paralelismo en el mundo del arte en la pátina y oxidaciones de los diferentes estratos que dividen el fruto del trabajo del artista.
Como viene siendo costumbre, la limpieza de obras de arte vuelve a ser tema de discusión, y es que el límite entre una correcta limpieza y el desastre es tan fino y difuso como una veladura. La patina, la oxidación del barniz o la transformación de los pigmentos, sucesos estos inherentes a los objetos sobre los que trabajamos, vuelven a ponerse en entredicho, ¿conviene eliminarlos y devolver a la obra esplendores de antaño, o conservarlos como fiel reflejo de una vida, lo que sería en si la historia de la pieza?
Estas disquisiciones que ahora nos ocupan, tratadas desde un punto de vista que raye lo demagógico, podrían llegar a justificar la conservación de la obra tal cual llega a nuestras manos, aplicando las mínimas intervenciones conservativas posibles entre las que no se incluiría el saneado de rotos, la consolidación del soporte y demás alteraciones a las que, a simple vista, bajo un prisma objetivo, sería necesario ponerles remedio. Pero claro, se alzarían voces que reclamarían los posibles daños como testigos mudos de una vida plagada de idas y venidas, paseos por diferentes manos y estilos, más o menos sensibilizados ante la conservación del objeto en cuestión.
Sí, lo cierto es que la limpieza, dentro del carácter irreversible que supone su aplicación, genera controversia entre los profesionales de la restauración, lo cuales no pueden establecer un corpus teórico firme que regule su aplicación, debido a la ingente cantidad de opiniones. Y es que, evidentemente, la mayoría de los restauradores no observan la eliminación de veladuras como posible forma de limpieza, ya que, independientemente de que su origen sea por aplicación o por alteración del pigmento, las veladuras gozan de una alta estima entre los profesionales (aparte de que artistas como Velázquez o El Greco verían coartado y mermado su trabajo, genios dados a la utilización de transparentados para dar mayor cuerpo y veracidad a la obra, aparte de potenciar de esta manera la percepción de las atmósferas por parte del espectador, las cuales son casi palpables en obras de primera fila como podrían ser “El aguador de Sevilla” o “El entierro del Conde Orgaz”); pero ¿Qué hacer ante un barniz oxidado? Su amarilleamiento no permite una correcta lectura estética de la obra, pero forma parte del bagaje de la misma, ¿cómo actuar en este caso?
Considerando el significado de la palabra Restauración, el fin último del restaurador sería el de preservar y mantener en óptimas condiciones la obra tratada para su disfrute por parte de generaciones futuras. Teniendo en cuenta lo expuesto, considero que sí sería necesaria la eliminación de repintes y barnices en el caso de que obstaculicen el adecuado visionado de la obra original, respetando siempre la alteración de los pigmentos como suceso inevitable en toda obra de arte. Al fin y al cabo, el auténtico espíritu creador del artista no está en el barniz, que sería la capa externa que preserva de las inclemencias la parte importante de la obra, la película pictórica, erigiéndose así como la auténtica protagonista de la genialidad del autor y aquella hacia la que deben dirigirse todas nuestras soluciones e ideas en materia de conservación.

Proyecto II – Restauración de Pintura sobre Madera
ANTONIO MARRERO ALBERTO (Máster I)

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