miércoles, 5 de abril de 2017

PINTURA MURAL # 5

Técnica a seco.-

           Son aquellas técnicas pictóricas que se ejecutan sobre mortero de yeso o encalado seco, donde los pigmentos pictóricos se mezclan con un medio antes de ser aplicados en el revoco.

           La técnica a seco puede ser : Temples y óleos.

          La tempera es una mezcla de un medio y un pigmento, ya sea acuoso o en emulsión que se fijan al secarse. Generalmente estos aglutinantes son: cal, colas animales, colas vegetales (harina, fécula y arroz), huevo, leche y sus derivados

           Las principales temperas son: caseína, cola animal, huevo, y determinadas resinas o gomas vegetales. La caseina es muy utilizado en las técnicas al fresco. Al dar leche desnatada y acuosa como fondo de un fresco y posteriormente pintar con agua de cal y pigmento puede formarse un caseinato cálcico. La emulsión se forma con 1/5 de caseína y 4/5 de cal y agua. La caseína tiene una composición parecida a la fibrina de la sangre y a las albúminas vegetales y del huevo. Es en definitiva un coágulo de color blanco, opaco y sólido que se deposita en la superficie, después que la leche se deja en reposo y se le añade una sustancia ácida o un poco de cuajo.

            Teófilo describe en su tratado una manera de pintura a la cal sobre muro seco, que ya debería utilizarse en la Edad Media y seguramente más antigua. Al siguiente párrofo, Teófilo añade que se debe acabar con la pintura ya seca, con temple al huevo, sobre todo en la pérdida de intensidad en las sombras :

            Cuando se realicen figuras o imágenes de otra clase sobre un muro seco, inmediatamente este muro debe ser mojado con aua hasta que no esté del todo empapado. Ysobre lo mojado se aplicarán todos los colores que puedan estar sobrepuestos.Estos colores deben estar todos mezclados con cal y deben secarsecon el muro para que puedan adherirse.

 Temple.

La palabra temple proviene del término latino temperare, que significa mezclar en la justa proporción. Es una técnica que utiliza como aglutinante una cola orgánica, una albúmina, o diversos medios como leche de higo, goma arábiga, el aceite, o las resinas con aceite, etc,. Siendo el diluyente de todos ellos el agua.

      Las colas orgánicas son materias gelatinosas que pueden prepararse de tres maneras :

1.    - Con los despojos de las pieles de los mamíferos.
2.    - Con los huesos previamente desgrasados de todo tipo de animales.
3.    - Con la vejiga natatoria de algunos peces.

          Estos tipos de colas son de color brillante y color rojizo se hincha en agua fría y en caliente se disuelve, actualmente se vende granulada y no en pastilla como antiguamente.

            La pintura al temple a la cola es de las pocas técnicas que quedan hoy día entre nosotros, aunque casi está perdida su aplicación en el muro. Los tratadistas españoles describen su técnica, sobre todo Antonio Palomino. La pintura al temple era de uso común en los pintores de la época, en tela tabla o muro, quisiera copiar del Tratado de Antonio Palomino, la pintura al temple. Aunque es un capítulo largo puede interesar para el conocimiento de esta técnica tan antigua. El texto está como él lo escribió:



CAPÍTULO V
PRÁCTICA DE LA PINTURA A EL TEMPLE

    La pintura a el temple (como dijimos en el tomo antecedente) es aquella, que usa de los colores liquidados con ingredientes glutinosos, y pegantes, como son cola, a

    El modo de cocer la cola de retazo, ya se dijo en el libro antecedente, Cap. 3.-4. pero aunque la primera mano de aparejo se ha de dar estando la cola fuerte, después se ha de templar algo más floja para las otras manos, y más especialmente para pintar con ella, porque si está muy fuerte, engrasa, y obscurece los colores; y así es menester añadirle agua, a proporción, y probarla en las palmas de las manos, cuando muerda un poco, y no más; y así solemos decir, apareja fuerte, y pinta con agua sola.

    Habiendo, pues, dado esta primera mano de cola a las dichas superficies, se resanarán las lacras, que tuvieren, especialmente las tablas, y paredes, haciendo un plaste de cola, y yeso, a manera de masilla, y con el cuchillo irlas rellenando, y alisando, y después de secas, rasparlas con el cuchillo, o lija, y darles a ellas otra mano de cola; y hecho esto, hacer una templa de yeso pardo, pasado por cedazo, y añadirle otro tanto (por lo menos) de ceniza cernida, y para los lienzos algo más, que está liquidada, de suerte, que sacando la brocha, haga hilo la templa, dejando la brocha cubierta,  y con ésta darle una mano a la superficie; y si pareciere, después otra; pero si está bien lisa la superficie, no hay que recargar, sino cuando mucho, estregarla con alguna pómez, o cosa áspera, y después darle otra mano de cola, algo más templada, que la primera; pero siendo lienzos de bastidores, en cosa, que haya de durar, se puede hacer más espesa esta cernada, y aun dejarla helar, y darle a los lienzos la mano de aparejo, con cuchilla de imprimar.

    Hecho esto, se puede dibujar encima lo que se hubiere de ejecutar, especialmente si es historia, o cosas desiguales, y sin precisa correspondencia; que si la han de tener, como las cosas de arquitectura, y adornos, será siempre lo mejor hacer cartón; y si éste no se puede hacer fuera del sitio, tomando sus medidas, será conveniente hacerle antes de aparejar el sitio, por no maltratar lo aparejado con los agujerillos de las tachuelas. Y esto de los cartones es muy preciso, cuando se han de repetir las cosas a el lado contrario, o a el revés; porque estando picado el cartón, en volviéndole, y estarciéndole, se halla hecho sin trabajo.

    Y, o bien sea en los cartones, o bien en el sitio, se ha de dibujar primero con carbón de sauce, o de avellano, sarga, o mimbre, o pino; éstos se hacen, rajándolos del tamaño, o largo de un cañón de hierro (que para este efecto se tendrá) o un cencerro grande, y que los trozos sean del grueso de un dedo, por lo menos; y bien ajustados en dicho cañón a golpe de martillo en los últimos, se ha de tapar, y embarrar, de suerte, que no le quede respiradero; y estando así, se ha de meter en el fuego, y dejarlo estar, hasta que esté bien encendido, y colorado, y entonces sacarlo, y meterlo en ceniza fría, cubriéndolo bien con ella, y tapándolo con alguna cazuela grande, lebrillo, o barreño, y no sacarlo hasta que esté bien frío, porque se ventearán los carbones, y se quiebran fácilmente; y poniendo uno de éstos en una caña, rajándola en cruz por la boca, que ha de estar el carbón, y atándola después con un hilo, se irá apuntando por mayor, y luego se irá digiriendo; y en estándolo del todo, se pasará de tinta con un pincel; y si esto es en el cartón, se picará con aguja gorda, o cosa semejante, y después se pondrá en el sitio de la obra, y bien asentado con algunas tachuelas, se estarcirá con una mazorquilla de carbón molido, y después se pasará de tinta.

    El modo de hacer los cartones, no será ocioso el decirlo, pues no todos lo sabrán. Primeramente el papel ha de ser grueso, o bien sea blanco, o pardo, de marca mayor, porque no haya, que hacer tantos pegotes, el  engrudo de harina bien cocido, y las tachuelas del número doce, o de las de Valladolid. Prevenido esto, si la superficie es plana, fácilmente está hecho de cartón, pues se van pegando de dos en dos, o de cuatro en cuatro, solapando por las orillas lo que baste, y luego se asienta en su lugar, recargando cosa de un dedo sobre su antecedente, y poniendo las tachuelas de suerte, que no embaracen después para levantar la orilla, y engrudarlos con la brochuela. Pero si la superficie es cóncava, y no encañonada (porque así es lo mismo, que plana) tiene mayor dificultad, pues necesita de sentarse cada pliego de por sí, y aun cada medio pliego, para que se ajuste a la gracia de la superficie; y cuidado con que a el engrudar las orillas en el sitio no se peguen a él, ni participe del engrudo; porque demás de pegarse el cartón a la pared, de que se sigue el romperse a el levantarlo; aquello, que se pega en el sitio, es tan perjudicial (y más si es a el fresco) que en haciendo humedad, sale afuera la mancha, después de pintado.

    Hecho esto, y teniendo las colores todas molidas a el agua, y cubiertas siempre con ella en sus vasijas, para que no se sequen, ni endurezcan, y en cada color una cuchara de palo, para sacar cuando convenga: prevendrá también el blanco de yeso de espejuelo muerto, lo cual se hace templándolo muy ralo, como caldo espeso, en una vasija grande, y que le sobre mucho vacío; porque luego, que se reconoce, que el yeso va tomando cuerpo, sin cesar de menearlo con un palo, se le añade agua, y se vuelve a menear muy bien, sin dar lugar a que se asiente, ni endurezca; y hecho esto hasta tres o cuatro veces, se conoce estar ya muerto, cuando se ve que el agua anda por encima clara, y entonces tiene ya su punto, y se deja estar.

    Este blanco sirve para hacer las tintas generales; mas para poner en la paleta con las demás colores, y para tocar de luz (especialmente cuando ha de ser blanco puro) se usa del yeso de espejuelo de otra manera; y es templando una porción de ello a voluntad, y hecho una pella, y endurecido, antes que se seque, se quebranta en la losa con la moleta; y añadiéndole agua, como a las demás colores se va moliendo a partes, y echándolo en una cazuela, donde se conserva cubierto de agua para dicho efecto.

    Prevenidas todas estas cosas pasará el pintor a hacer las tintas generales; y así para cosas de historia, donde hay celajes, y rompimientos de gloria, sólo ha de hacer tres tintas; la una de ocre, y blanco, clarita, y algo de tierra roja; la otra de blanco, y esmalte, para los celajes; y la otra de blanco, y negro de carbón, para las nubes. Suponiendo que de estas  tintas no se ha de servir siempre, como ellas están; sino que tal vez, según la calidad de la cosa, tomará de ellas con la brocha, y echándolas en el campo de la paleta, les añadirá lo que convenga, para diferenciar de tinta ya amoratada con el carmín, o pabonazo, o ya enrojeciendo con la tierra roja, o pardeando con la sombra, ocre, o negro.

    Después hará tintas generales para las cosas de arquitectura, y adornos; y comenzando por las de mármol blanco, tomará del yeso una buena porción con un cucharón, y echarla en una vasija grande, y en un pedazo de ladrillo, o teja seca, dará una brochada del blanco solo, que esté bien líquido; y después, hecho un caldillo con una brocha en el negro de carbón, echará un poco en el blanco, donde quiere hacer la tinta, y menearlo muy bien con una brocha, hasta que se incorpore todo, y luego añadirle otro poco del ocre claro bien desleído, y menearlo todo muy bien, hasta que se incorpore, y después probar la tinta, que toque junto a la brochada del blanco, que dijimos, y poniéndola a secar a el calor del sol, o del fuego, ver si la tinta hecha rebaja a el blanco en un grado, de manera, que ni esté fuerte, ni floja; y conforme se viere, añadirle lo que le faltare, y cuidar de que no amarillee mucho, sino cuanto quebrante lo azulado del blanco, y negro, porque no haga aplomado.

    Hecha esta primera tinta (de que se ha de hacer siempre mayor cantidad) se echará en una olla la mitad de ella, y se le pondrá su número 1, y una M; y lo mismo se hará en las siguientes, variando el número 2, 3, 4, y en esta olla se ha de poner también un cucharón, para sacar cuando sea menester; y a la que queda en el barreño, o cazolón, se añadirá más negro de carbón, y su poco de ocre claro, y después de incorporarla muy bien, probarla con la brocha junto a la antecedente, y ver si después de seca, en la conformidad, que la otra la rebaja en otro grado, y hasta ajustarla, no pasar adelante; y estándolo, echar también la mitad en otra olla, y ponerle su cucharón, y su número, y letra M, y pasar a ejecutar la tercera, añadiéndole sólo tierra negra, y una puntica de sombra de Italia; y graduando ésta, y hecha la prueba en la conformidad de las antecedentes, pasar a hacer la cuarta tinta, añadiendo a lo que quedare de la tercera más tierra negra, y sombra: y se advierte, que de estas dos últimas con menos cantidad basta, que de las otras; y que de todas las colores, que se fueren echando a las tintas, se supone, han de estar bien desleídas con brocha, como caldo espeso; porque si se echan enteras, suelen quedar en el asiento algunos gurullos, que después deshechos, alteran la tinta.

    Concluídas estas  cuatro tintas generales, sólo resta decir, que para tocar de luz, sirve el blanco puro remolido; y para el obscuro fondo, la sombra del viejo.

    Las tintas de oros se hacen fácilmente con el ocre claro de Valencia, o de Coleteros, y blanco, la primera; la segunda, con el ocre claro solo; la tercera, con el ocre obscuro; y la cuarta, con éste, y la sombra de Italia, y algo de tierra roja, y después tocar de obscuro con la del viejo, y de luz, añadiendo a la primera otro tanto de blanco remolido, y echarlas en sus vasijas con sus números, y una O, en cada una, en demostración de ser tintas de oro.

    Las tintas de bronce se hacen, añadiendo a las dos primeras un poco de tierra verde; y a la tercera, y cuarta un poco de añil, guardando en las pruebas la forma de las antecedentes, y señalando las vasijas por su orden en todas, para que no se confunda.

    Las tintas de pórfido se hacen con esmalte, blanco, y carmín, la primera; y la segunda, rebajando con el esmalte, y carmín, la primera; y la segunda, rebajando con el esmalte, y carmín; y lo mismo en la tercera; y para la cuarta, añadir un poco de añil, y carmín; y si no se quieren tan hermosas, se puede usar del añil, en vez del esmalte; y si todavía se quiere más bajo de color, se puede usar del negro de carbón, en vez del añil; y todavía será más bajo éste, si en lugar del carmín, se usare del pabonazo, o albín.

    Las tintas de fábrica, aunque se pueden hacer del negro de carbón y sombra, graduadas con el blanco, y también con solo blanco, y sombra del viejo; sin embargo, para que contrapongan bien a las tintas de mármol, será conveniente hacerlas de negro de carbón, y blanco, quebrantando lo aplomado con un poco de tierra roja; y haciendo la primera en tal grado, que rebaje a la primera de mármol, y podrá ésta servirle de toque de luz, y continuar, graduando las demás, hasta la cuarta, añadiendo siempre negro, y tierra roja a lo que quedare de la antecedente; y para éstas puede servir de obscuro la tierra negra, con un poco de sombra del viejo.

    Si se hubieren de hacer tintas azules para algún adorno, o medalla de lapislázuli, se hará con esmalte, y blanco, quedando por tercera el esmalte solo; y a éste añadirle para cuarta un poco de añil; y éste sólo para los obscuros; y para tocar de luz, añadir un poco de blanco a la primera.  Puédense también hacer éstas con solo añil, y blanco, aunque no es tan hermoso.

    Las tintas verdes se hacen a el temple muy hermosas, usando para la primera del verde montaña, con un poco de ancorca fina; y la segunda, con la tierra verde, y algo de verde montaña, y ancorca obscura, y luego rebajar ésta, añadiendo un poco de añil, y otro poco de verde vejiga; y para la cuarta, añadir más añil, y verde vejiga, y tocar de obscuro con sólo el verde vejiga , y el añil; y de la luz añadiendo un poco de blanco, y ancorca a la primera tinta, y es un verde hermosísimo. Para lo cual se ha de entender, que el verde vejiga no se muele, sino echado en agua (cuanto lo cubra) y así se ablanda, y se usa de él sin cola; y la tierra verde con sólo echarla en agua algunas horas, se deshace, y luego darle una vuelta en la losa, para que todo se iguale.

    Puédense también hacer tintas de verde menos hermoso, no usado para la primera del verde montaña, sino de la tierra verde, añadiéndole blanco, y un poco de ancorca; y la segunda, de la tierra  verde sola, con muy poca ancorca, y luego rebajar las otras, añadiendo a la tierra verde un poco de añil, y verde vejiga; y el toque de obscuro, y de luz, como en la antecedente, y es un verde suficientemente hermoso.

    Otro verde se puede hacer más bajo, con añil, y ancorca obscura, u ordinaria, y aun con la fina, sin añadirle blanco, y rebajando siempre con el añil, y verde vejiga: y advierto, que éste nunca quiere juntarse con tinta, que lleve blanco, porque hace mal color, sino sólo se ha de usar para endulzar los obscuros del verde, y darles jugo, y hermosura.

    Tintas de encarnado, o bien sean de bermellón, y blanco, la primera, o bien de tierra roja, rebajándolas con el carmín, son bien fáciles; como también las de carmín, y blanco. Lo demás, que toca a tintas de carnes a el temple, no soy de parecer, que se hagan, por la variedad de los coloridos, ya más templados, ya más rojos, ya más ocreados, y nunca se pueden hacer bien con unas mismas tintas; y así no hay para eso cosa mejor, que la paleta, y perderle el miedo, como quien pinta a el óleo. No excuso añadir aquí el secreto peregrino de obscurecer el carmín para los fondos; y es, moliéndolo con un poco de jabón, y miel, y después recocerlo un poco, y echarle algo de cola, y toma un fondo admirable. Y esto lo he experimentado en carmín ordinario, y en el de honduras; pero no en todos los finos, pues en algunos no hace tan buen efecto.

    Concluídas ya las tintas, y prevenido el recado de brochas, y pinceles (que los mejores son de pelo de jabalí, salvo alguno de meloncillo) dicen los prácticos, que está hecha la mitad de la obra; porque para hacer la traza, dibujos, y borroncillos particulares, aparejar, y dibujar el sitio, encartonar, moler los colores, y hacer las tintas, es menester mucho tiempo, porque son cosas muy engorrosas; y así, prevenido todo esto, no se ha perdido tiempo. Y habiendo de comenzar alguna cosa de las tintas hechas, siempre ha de ser de lo que cae debajo, reservando para después lo que ha de quedar encima, por excusar la impertinencia de andar recortando, o ensuciar lo que está hecho. Para lo cual, estando ya las tintas reposadas, se ha de sacar con el cucharón de aquello, que está sentado, una buena porción; y si está bien espesa, se le echará de la cola templada, y caliente, lo que baste para desleírla, de suerte, que sacando la brocha haga hilo el chorro, dejando cubierto del color la brocha un tanto cuanto; y si la tinta estuviere muy aguada, se le echará la cola fuerte; para lo cual, siempre se ha de tener lumbre, y en ella ha de estar una olla de cola, y otra de agua, y aun otra de cola templada; salvo, que si la cola es de retazo blanco de guantes, se mantiene líquida con sólo echarle unos tallos, u hojas de higuera, cuanto dé un hervor con ellas, y es un grandísimo alivio: lo que no se logra con la de retazo de gamuzas, ni la de tajadas. Y finalmente, en estando ya aparejada la tinta en el jarrillo, u otra vasija de asa, se le dará a el sitio, que se pretende labrar, de aquellas tintas la primera mano ligerita, de suerte, que ni quede cargada, ni relamida; porque si queda cargada, tapa lo trazado  (lo cual siempre se ha de traslucir) y si queda relamida, no da su color, y degeneran las tintas, que se siguen; y también es menester llevarla desde luego igual, sin dejar corrales; porque habiendo de volver sobre lo ya dado, siempre queda desigual, y achamelotado.

    En estando ya seca esta primera tinta, y prevenida en su jarrillo, como la antecedente, la segunda con su número, y letra (para que no se truequen) irá labrando con ella en todas aquellas partes, que le tocare, extendiéndose algo más, donde ha de desperfilarse con la siguiente; y donde ella se desperfila con la primera, convendrá ejecutarlo, cuando el pincel, o la brocha están ya descargados de la tinta, y entonces suavemente pasarlo con ligereza por aquella extremidad, que ha de ser el desperfilado, y aun, si fuere menester, mojar la punta de la brocha en agua, o cola, y pasándola ligeramente por aquel extremo, se consigue el desperfilado con facilidad: y se advierte, que siempre, que se haya de mudar de tinta, se ha de lavar la brocha, o pincel; para lo cual se tiene a la mano una cazuela, o porcelana grande con agua, y contra uno de sus lados, apretando el pincel en la misma agua, y revolviéndole a el mismo tiempo, se limpia fácilmente; y lo mismo se ha de hacer, siempre que se deja, o muda pincel, o brocha, que nunca ha de quedar sucia.

    Concluído, pues, lo que pertenece a la segunda tinta (estando ya seca, y no de otro modo) entrará con la tercera, observando las mismas circunstancias, que en la antecedente; y cuidado de no estregar una, y otra vez sobre lo ya dado, porque se ablanda lo de debajo, y se altera la tinta; sino siempre se ha de procurar labrar con ligereza, y limpieza. Y finalmente, en estando seca la tercer tinta, entrará labrando con la cuarta, adonde le pertenece, con las mismas observaciones. Y concluído esto, tocará de obscuro con la sombra del viejo (como dijimos) en los lugares más profundos, y no más; como también de luz con el blanco remolido en los lugares más altos, y donde la luz chilla, y reluce, dejando servir la media tinta del claro, que es la primera.
    Con este mismo orden continuará el aprovechado con las demás cosas, que se hubieren de labrar de tintas hechas; observando, que la primera lo cubre todo; y la segunda, cuando no hay inconveniente de que oculte lo trazado, debe también cubrir todo lo que ha de ser sombreado, o (como dicen) lo suyo, y lo ajeno; las demás, lo que les toque. Pero en caso, que suceda haberse ocultado los trazos del dibujo, se puede remojar, aquello que se encubre, con agua sola ligeramente con brocha blanda, y a medio secar, ir apuntando, o con lápiz negro, o con la tinta siguiente, lo que convenga, para el gobierno del dibujo; y dejándolo secar, ir labrando después, cubriendo sólo con la tinta siguiente, lo que le toque, y no más, para que los registros no se pierdan. Advierto también, que muchas veces, en viendo, que una tinta, que ya tenía cola, se ha embebido, la añaden más cola, para disolverla, con lo cual se engrasa, y obscurece mucho (y más si es blanco), de suerte, que si se toca de luz con él, más obscurece, que aclara; y así en tales casos sólo se le ha de añadir agua caliente; porque lo que se le ha  consumida es la humedad, que la cola allí se queda.

    Resta ahora advertir el manejo de la regla para las líneas rectas, especialmente en las cosas de arquitectura; porque no sabiéndola manejar, más embaraza, que ayuda; y sabiéndola manejar, se tiran facilísimamente las líneas, y no sólo no embaraza, sino que también sirve de tiento; ésta ha de ser la que llamamos regla de mano, de cosa de una vara no más (que para trazar se tendrán otras mucho mayores) y se ha de tener en la mano izquierda, y para aplicarla, se han de poner el dedo meñique, y el pulgar hacia la parte de adentro, y los tres de en medio a la parte de afuera; y de esta suerte se tiene firme, llegándola a la superficie, y se muda prontamente arriba, o abajo, conforme conviene.
    Ahora sólo falta advertir el uso de la paleta; ésta, aunque  los antiguos la usaban de una tabla ancha, como media vara, y de largo una, y con dos barrotes a los extremos, bien clavados, y empalmados a cola de milano, para que no se tuerza; y otros la han usado de piedra de pizarra grande; la experiencia nos ha enseñado, por lo pesado de estas dos materias, que es más fácil, y cómodo un lienzo de a vara, bien imprimado, y liso, el cual fácilmente se transporta, y maneja como se quiere; y aun si fuere de tres cuartas, y media vara, es bastante, y se puede tener (en caso necesario) sobre el brazo izquierdo, asegurándola con la mano; para lo cual puede tener alguna manija, empalmada a manera de travesaño, que salga afuera.

    En ésta, pues, se ponen los colores, tomando cada una con la cuchara, que tiene en su vasija en bastante cantidad, especialmente del blanco remolido; y con esto, y tener a la mano la cazolilla de la cola templada, y las tintas del aire, para ayudarse de ellas en algunas cosas, perfilará con la tierra roja, o albín las carnes, que hubiere de pintar, y luego irá empastando con paciencia, y uniendo a el mismo tiempo las tintas antes, que se sequen; y en estando metido de color, a el tiempo, que se va secando, ir observando, dónde conviene, tocarle de claro, u obscuro, porque entonces se logra con facilidad, y unión. Pero este modo, a la verdad, aunque es el mejor, no es para principiantes, que han de ir atenidos a copiar de alguna cosa, y que han menester ver el efecto de lo que hacen, sino para hombres de gran magisterio, práctica, y caudal, porque aquí se pinta por fe, pues no se comprenden en fresco el claro, y obscuro, porque todo está igual, y es la mayor confusión, que se puede ofrecer en la Pintura. Y así yo soy de opinión, que el pintar bien, bien, a el temple de esta manera, es el mayor magisterio, que se puede ofrecer, y no menos en flores, países, o cosas semejantes; que para hacerlo mal, todo es fácil.

    Otro modo hay, que es más para principiantes; y es, meter de una tinta general todas las carnes, o bien sean claras, o bien rebajadas, y hechas sus cuatro tintas generales, ir labrando con ellas sobre seco, y donde conviniere enrojecer más, echar con la brocha de la tinta en la paleta, y allí añadirle lo que convenga, y continuar en esta forma, hasta que concluídas las cuatro tintas, se le toquen algunos golpes de claro, o  de obscuro, donde los haya de menester; y éste es modo, que admite espera, y se deja más comprender; estos últimos golpes se pueden hacer con muy galante manejo, plumeándolos, o miniándolos con punticos, más, o menos menudos, según la magnitud de la cosa,y de la distancia.

    Las obras de los antiguos tuvieron mucho de esto miniado, que no hay paciencia aun para mirarlo; pero en nuestros tiempos se hace más labrado, y manchado, que punteado, y es manejo más libre, y magisterioso, reservando sólo el miniar para tal cual parte, o apretón.

    Resta ahora un primor muy singular, que nos dejaron introducido Miguel Colona, y Agustín Mittelli, pintores insignes boloñeses, con otras muchas cosas, que nos enseñaron en sus heroicas obras; como lo manifiesta la bóveda del salón de los Espejos de este Palacio de Madrid, la Ermita de San Pablo en Buen Retiro, la cúpula de la iglesia del Convento de Mercenarios Calzados de esta Corte, y otras, en que mostraron bien su gran magisterio, y práctica en el temple,  y fresco. Es, pues, este secreto primor, el tocar de oro las cosas, que lo permiten; pues de suerte engaña, encanta, y hermosea  una obra, estando bien hecho, que muchos no lo admiran, porque lo suponen verdadero; y si otros no lo creen ser así, es, porque ya lo saben.

    Para esto es menester primero saber como se hace la pasta, o betún, que llaman el mordiente; y es en esta forma. A una onza de barniz grueso (que llaman en otras partes, barniz de Guadamecileros) se ha de echar otra de trementina, y otra de cera amarilla, pero dos de pez griega (y a falta del barniz grueso, puede suplir el secante común de aceite de linaza) y todo junto derretirlo en una cazuela vidriada, a fuego lento, hasta que se incorpore muy bien, y después dejarlo helar; y si estuviere muy duro, se le echará un poco del barniz; y si muy blando, añadirle cera, y pez griega; y después de incorporado, y helado, ir tomando a pedazos lo que se hubiere de gastar, poniéndolo en una cazolita pequeña, porque no se requeme todo junto, y plumeando con él las luces con un pincel de meloncillo, estando bien suelto, y derretido irle sentando el oro con la yema del dedo pulgar, sin estregar, humedeciendo un poco el dedo, para arrancar a pedazos el oro del libro, y después sacudirlo en el sitio con un pañuelo, para que las plumeadas queden bien recortadas, y no es menester otra cosa; y se advierte, que esta sisa, o mordiente puede esperar tres, y cuatro días, y en estando helada, se puede sentar el oro.





 Sala Capitular de la Catedral de Toledo. Pintura mural al óleo sobre enlucido de yeso
Juan de Borgoña 1535

Óleo.

     Los principales óleos son: Linaza y semilla de adormidera.

   El aceite de linaza proviene de las semillas del lino. Es un aceite muy secante, que se transforma al secarse en contacto con el aire, convirtiéndose en sustancia viscosa primero y más tarde endureciéndose lo hace muy apto para la pintura al óleo, conteniendo ácido linoleico. El aceite en la primera o segunda cocción se le denomina aceite crudo y para convertirlo en más secante se le cuece con litargirio u otros compuestos de plomo, obteniendo el aceite cocido de color pardo.

            Mayerne describe una preparación sobre muro de ladrillo o piedra, para pintar al óleo sobre muro:

            Los ladrillos serán unidos con terrazo y la superficie aplanada exactamente, después da una capa de terrazo, y una vez bien seca, se aplica encima aceite de lino caliente, muy denso que cierre los poros del terrazo y el ladrillo. Después de dejarlo secar completamente , se prepara con ocre, blanco de plomo, etc.
            El terrazo también sirve para unir la piedra, que deben ser elegidas blandas, blancas, bien iguales, y toda la superficie igualada a nivel. Después será necesario repasar el aceite y la imprimación como arriba.
            El terrazo es una tierra o especie de Cemento que siempre se tiene cubierto de agua en un vaso, por temor a que se seque, cosa que ocurre cuando se aplica. Si lo pones en las cisternas, en la unión entre la piedra y el ladrillo, en los caminos, en los arcos, en las fuentes, y en aquellos lugares tocados por el agua. Este cemento no se cae, y es impenetrable al agua.
           

   El aceite de adormideras, muy parecido al de nueces, es de los más secantes y se congela a unos - 18ºC .



 Capilla de San Blas en la Catedral de Toledo. Pintura mural al temple al huevo con acabados al óleo
Giacomo Starnina y Nicola di Antonio 1398

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